“Deja para mañana lo que no quieras hacer hoy”: el gran eslogan de la procrastinación. Pues eso es lo que me ha pasado (he hecho) yo hoy. Tenía que corregir un texto y no lo he hecho. Me he “entretenido” limpiando la casa y con más historias (reinstalar el sistema operativo del Macbook desde el que escribo, por ejemplo), en parte porque no me apetecía nada corregir un peñazo sobre hileras de trefilado (que no sé lo que es, por cierto; si alguien es tan amable de explicármelo, se lo agradeceré).
Así que, ya sé qué me toca mañana: madrugar para acabarlo. Me da tiempo, pero me da rabia no haber seguido mi planificación, según la cual, hoy iba a acabar este proyecto y lo iba a dar por zanjado. Ahora voy un día retrasada con todo… Al menos no tengo que actualizar la web de DT y eso me da un cierto respiro.
Esto de la procrastinación no es nuevo. Soy autónoma. Trabajo sola desde mi casa. Yo decido mis horarios y cómo trabajo. No tengo que dar cuenta de nada a nadie (sólo tengo que entregar a tiempo los textos a mis clientes). Mientras cumpla con lo pactado con ellos, da igual cuándo y cómo haga las cosas. Todo el mundo me dice que hay que tener mucha fuerza de voluntad para trabajar así; a mí me gusta, me siento muy libre y eso no tiene precio. Pero claro, es cierto que, a veces, no se tiene tanta fuerza de voluntad y cuesta madrugar, cuesta sentarse delante del ordenador, cuesta leer según qué cosas… (como a todo el mundo le cuesta a veces desempeñar su trabajo, creo).
Supongo que, en mis circunstancias, es más fácil “dejarse llevar” y tener días locos. A mí no me ocurre mucho, pero entiendo que, en ocasiones, tiene que llegar un día un poco más vago. Antes me sentía culpable; ahora he aprendido que no es para tanto, porque al final se hace todo, y un cierto descanso mental viene bien. Me suele costar bastante desconectar, así que entretenerme un día con otras cosas (aunque las de hoy no hayan sido para echar cohetes, todo sea dicho) es hasta sano. Por eso, hoy he “perdido” el día en cuanto a trabajo se refiere, pero lo he “ganado” en salud mental.
Mañana prometo portarme bien. Pero, que quede una cosa clara: ¡que viva la procrastinación!