Archivos diarios: Noviembre 23rd, 2008

Estamos en alerta por un temporal de viento, lluvia y nieve. Lo que peor llevo, con diferencia, es el viento… ¡Si oyerais cómo sopla! Se me ha ido la luz un ratito antes, espero que se mantenga y no vuelva a pasar. Parece que el viento seguirá fuerte durante toda esta noche y mañana por la mañana. Después, aunque nieve, me da igual; mientras no haga viento, el resto no me importa (bueno, sí, pero no tanto). 

Nunca me había asustado tanto el viento hasta que me vine a vivir a Bakio. En este momento tengo todas las persianas completamente bajadas; la tele, a tope, como para sordos, porque, si no, con el ruido del viento, no oigo nada; y la linterna, en el bolsillo de la bata, para poder ir al dormitorio en caso de que se vaya la luz otra vez… ¡Qué planazo! Espero poder dormir (me suelo despertar bastante cuando sopla tan fuerte, por el ruido que meten los toldos de la terraza). Y mañana por la mañana, Dios proveerá…

Si soléis entrar y leer el blog, me gustaría «conoceros». Dejadme un pequeño comentario (un «hola» es suficiente) con vuestro nombre y de dónde sois. ¡Me gustaría saludaros! Y si me queréis dejar vuestra opinión sobre el blog, será bienvenida…

Pues eso, que sólo pido un «hola»… ¡Gracias! 

:)

Mi buen amigo capitán Oats:

Quiero, mediante esta misiva, hacerle llegar mi más profundo agradecimiento por acogerme ayer en su casa después de la casi mortal paliza que el gato del cascabel que vive al otro lado me propinó. Por si acaso no recuerda las desventuras que he sufrido durante el fin de semana, le hago un pequeño resumen.

El viernes mi dueña salió de casa muy temprano y llegó muy tarde. Era ya de noche y, aunque le tengo dicho que llegue con la luz del día, ni caso, cada día aparece por casa más tarde. Y yo paso mucho miedo, sobre todo teniendo en cuenta que el gato del cascabel llega los jueves y no me deja descansar hasta el lunes… Pues eso, que pasé todo el viernes solo y aburrido, dormitando y vigilando la ventana de la cocina (por donde llega el enemigo). Eso sí, cuando por fin llegó Mónica me recompensó con una suculenta cena y una más que generosa ración de mimos (que yo correspondí como se merece).

Pero lo peor estaba por llegar. El sábado por la mañana, Mónica se preparó para irse (como todos los sábados) y, al salir de casa, el gato del cascabel, que estaba agazapado entre las plantas, aprovechó para entrar a pegarme. ¡Ay, capitán, qué miedo pasé! Me quedé tan paralizado que ni acertaba a bufarle al susodicho, que no contento con intentar conquistar mi territorio, me pegó un bocado de muy señor mío. Menos mal que Mónica me salvó y sacó a don tintineos de la casa… ¡Es un abusón! Pero, aunque se quedó fuera, se subió a vigilarme desde la ventana de la cocina. ¡Yo creo que quiere mi comida! Pues estaba yo todavía con el susto encima (y pendiente de que nadie intentara volver a entrar), cuando Mónica me cogió y, a traición, me metió en la bolsa de la veterinaria. Bueno, no se llama así, la llamo yo así, porque, cada vez que me meten ahí, acabo con algún pinchazo en el culo (y algo peor: un termómetro metido por el ídem). Y ahí que me bajó Mónica hasta el coche. Yo lloraba y me quejaba por el camino. Además, hacía frío (con lo calentito que estoy yo en casa). Total, que me metió en el coche y, ¡oh, sorpresa!, en vez de quedarnos donde la pinchazos, nos fuimos muuucho más lejos. Me mareé como un pato, tanta curva. Mónica iba hablándome por el camino, pero yo, entre el mareo y el enfado que me iba pillando por momentos, sólo quería que se callara y que me llevara a casa. Pero no, me llevó a una casa, pero no a la mía, sino a la suya, capitán Oats.

Fue la única sorpresa agradable de ayer, don J. No me gustó nada el sitio donde vive, tan ruidoso y con tanto coche. Y encima, ¡tuve que subir en una caja llamada ascensor, que me puso el estómago en la boca! ¡Lo que me faltaba! Su casa me pareció un castillo lleno de recovecos y escondites. Puede ser divertida, pero Mónica no me dejó investigar tanto como me hubiese gustado. Eso sí, ¡menuda siesta me eché a su vera, mi buen amigo! Entre el cansancio por el agotador viaje y los masajes que usted, como buen anfitrión, me dio, me quedé como un pachá en su mantita. De hecho, al final estaba tan a gusto, que no me quería ir, pero, aunque me abracé con fuerza a la tubería del retrete, para que Mónica no me cogiera, me volvieron a meter en la bolsa de la reja. Y vuelta hasta casa. El viaje se me hizo algo más corto, pero estaba muy oscuro, llovía, hacía frío y me mareé de nuevo. Y encima, nada más llegar, por fin, a casa, en vez de soltarme, a Mónica se le ocurre lavarme con un paño porque dice que estoy sudado. ¿Yo, sudado? ¿Un figurín como yo, sudado? ¡Quién se va a creer semejante falacia! Me enfadé mucho, me metí bajo el mueble del baño y esperé a que Mónica viniera a pedirme perdón. Pero no lo hizo, así que decidí perdonarla sin buenas palabras y me tumbé junto a ella a dormir, ahora sí, envuelto en mi mantita azul.

Pero aquí no acaban mis desvelos. Esta mañana Cascabel Cat ha vuelto a las andadas y se ha dedicado a vigilarme desde la ventana de la cocina hasta que alguien le ha gritado desde fuera y, creo, le ha dado un azote en el culo. ¡Se lo tiene merecido, por no dejarme vivir en paz y tranquilidad! Y, para más inri de este pobre gato, ¡me han bañado! De nada han servido mis lloros y gruñidos, me han metido bajo el chorro de la ducha, me han enjabonado enterito y me han vuelto a echar agua por todos lados. En un despiste de Mónica, me he escapado, pero no sé si ha sido peor el remedio que la enfermedad, porque se ha enfadado y me ha cogido con tanta fuerza que no me podía ni mover. Me ha secado con el secador, que me da mucho miedo porque mete un ruido infernal, y me ha dejado incómodo. He tenido que limpiarme yo a conciencia, pero he quedado muy suavecito… ¡Seguro que disfrutaría con mi anaranjado pelaje hoy, amigo Oats! Me he enfadado bastante con ella, pero al final, le he vuelto a dar mi perdón e, incluso, me he echado la siesta en su regazo…

Y así ha acabado mi fin de semana. Mañana el gato malo del cascabel se irá de nuevo, así que pasaré una semana de lo más tranquilo, durmiendo en mi mantita azul…

Le mantendré informado, amigo J., de cómo va mi semana. Que a usted le sea leve la suya.

Saludos cordialísimos,

Piticli

Ya he terminado la novela. La verdad, no esperaba que fuera tan divertida y tan lúcida. Como todas las novelas de la Nothomb sean así, aquí tiene una nueva admiradora. 

Lo malo de la novela es que se me ha hecho cortísima. Se lee de un tirón (o de dos, como he hecho yo, para que me durara un poco más); es una buena opción para tardes como las de hoy (frías y lluviosas). 

Del texto en sí no quiero decir mucho: sólo que las situaciones que pinta son casi esperpénticas para la mentalidad occidental y que, aun contado con grandes dosis de buen humor, no deja de ser un relato un tanto cruel sobre la sociedad nipona actual. Si queréis saber más al respecto, os recomiendo el librito, que está muy bien y os hará sonreír más de una vez.