Lágrimas en el cielo

26 Junio, 2009 at 6:18 pm (Páginas personales) (, , , )

Hoy hace nueve años que aita se fue. El tiempo no cura: le sigo echando de menos tanto o más que antes. Le sigo queriendo con toda mi alma y siempre será así.

Os dejo una canción que me recuerda mucho a él…

¿Sabrías mi nombre, si te viera en el cielo?
¿Sería lo mismo, si te viera en el cielo?
Tengo que ser fuerte y seguir, porque sé que no soy del cielo.
¿Me cogerías la mano, si te viera en el cielo?
¿Me ayudarías a mantenerme en pie, si te viera en el cielo?
Encontraré mi camino, a través de la noche y el día,
porque sé que no puedo quedarme aquí en el cielo.
El tiempo puede abatirte, el tiempo puede hacerte caer de rodillas.
El tiempo puede romperte el corazón, el tiempo te puede hacer suplicar…
Más allá de la puerta hay paz, estoy seguro,
y sé que no habrá más lágrimas en el cielo.
¿Sabrías mi nombre, si te viera en el cielo?
¿Sería lo mismo, si te viera en el cielo?
Tengo que ser fuerte y seguir, porque sé que no soy del cielo.
Porque sé que no soy del cielo… 

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Cumpleaños

6 Febrero, 2009 at 8:12 am (Páginas personales) (, )

Hoy mi aita habría cumplido 64 años…

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Como una niña pequeña

2 Diciembre, 2008 at 11:13 pm (Páginas personales) (, , )

Ayer me sentí como una niña chiquitina. Me pasa a veces. Me sentí muy pequeña, muy vulnerable y muy necesitada. Os cuento qué pasó.

Como ya os anuncié el otro día, ayer tocó médico. Ama, a pesar del horrible día que hacía, decidió acompañarme, cosa que agradecí. Salimos pronto de la consulta y, como había que hacer tiempo para que yo volviera a Bakio, miramos un libro en El Corte Inglés (que no encontré) y nos tomamos un café en una degustación muy pequeña que está a la vuelta de donde se coge el autobús. Y, después, fuimos a la parada; cuando abrieron la puerta, me subí en el autobús y me senté en un asiento en el lado en el que ama esperaba a verme. Y entonces me sentí pequeña. Era como si ama me llevara al autobús del colegio y me despidiera, saludándome con la mano. Y me quedé mirando cómo se alejaba, con su paraguas azul y su abrigo beis, cómo cruzaba la calle e iba hacia la estación del metro. Y en ese momento me sentí muy triste, porque ama se iba, pero a la vez muy alegre, porque tengo la suerte de poder contar con ella para todo. Y en ese momento necesité un abrazo suyo…

Quizá no soy muy dada a decirle a ama lo mucho que la quiero y lo mucho que la necesito en mi vida. Que ella me apoye en mis decisiones o que me dé un beso cuando estoy tristona para mí significa muchísimo más de lo que ella puede imaginarse. Es un privilegio tener una madre como la mía y quiero decírselo públicamente. Te quiero mucho, ama (como sé que me lees, aprovecho). Me gusta cómo luchas por nosotros y lo bien que lo haces, a pesar de las dificultades, a pesar de no poder contar ya con aita (no hemos salido nada mal, ¿no?). Me gusta saber que estás ahí… 

Hoy he rescatado una foto de hace mucho tiempo. Quiero compartirla con vosotros. Es mi ama sujetándome cuando llegamos a casa de ama Cristi desde el hospital; yo tenía apenas unos días… 

Mayo de 1977

Mayo de 1977

Me gustaría sentirme siempre como en esa foto: cuidada y protegida por mi amatxu, aunque sea (me sienta) poquita cosa y pequeñita. Sé que lo voy a estar. Y se lo agradezco…

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Seres queridos, seres perdidos

19 Octubre, 2008 at 1:15 am (Libros, Páginas personales) (, , , , )

Anoche acabé de leer Un grito de amor desde el centro del mundo. No he podido evitar llorar varias veces con su lectura…

Voy a contar un poco de qué va. Quien no quiera saber nada, que no lea a partir de aquí, pero, realmente, no estoy desvelando nada que no se descubra en las primeras páginas de la novela. Es la historia de Sakutarô y Aki, dos adolescentes de una ciudad provincial japonesa que, tras conocerse en la escuela, se hacen amigos. Esa amistad se va convirtiendo en un amor puro y tierno, que nos tiene encandilados a los lectores hasta que, por desgracia, una terrible enfermedad se lleva la vida de Aki.

El libro es muy sencillo y muchos lo tildarían de novela para adolescentes, pero cualquiera que se haya tenido que enfrentar a una pérdida en su vida sabe que va mucho más allá. Voy a destacar dos aspectos que me parecen clave:

En primer lugar, los personajes protagonistas en sí. Asistimos a una auténtica evolución en ellos. Conocemos a unos niños, con problemas de niños, y acabamos leyendo la historia de dos adultos. Es como la teoría del caos: la súbita enfermedad de Aki los sitúa en un nuevo plano; Aki y Sakutarô deben reflexionar sobre la vida, la enfermedad y la muerte. Hay un proceso físico de deterioro en Aki, y un proceso psicológico totalmente devastador en ambos. De la felicidad absoluta, a un terrible vacío que Sakutarô sigue sufriendo incluso quince años después.

Asimismo, las conversaciones de Sakutarô y su abuelo. Creo que son la base ideológica de la novela. Tienen formas distintas de concebir la muerte y la vida tras la muerte de la persona amada y nos podemos identificar bien con uno, bien con otro, y hacer nuestras sus propias reflexiones sobre el amor y la muerte.

Por desgracia he tenido que reflexionar mucho sobre esto en mi vida y también me ha tocado vivir la enfermedad, el deterioro y la muerte de la persona que más quería (y quiero) en el mundo: mi aita. Aita murió hace ya ocho años de un cáncer a los 55 años. Era un hombre fantástico, el mejor padre que nadie podría soñar tener. Si tuviera que elegir la época más feliz de mi vida, diría que fue, sin lugar a dudas, mi infancia y, obviamente, mi padre tuvo mucho que ver en esto (también mi ama). Recuerdo un montón de detalles y momentos con él, como el beso de buenas noches, las mañanas de domingo nadando en el Deportivo, la lectura de El mago de Oz antes de dormir, las tardes de cine… Era muy cariñoso con nosotros… Por suerte pasé más que mi infancia junto a él, pues yo tenía 23 años cuando murió.

Le diagnosticaron el cáncer el 18 de agosto de 1999 y murió ese horrible 26 de junio de 2000. En esos meses, el deterioro físico, sobre todo en los últimos tres meses fue brutal. Y supongo que él pensaría en la muerte, pero nunca lo hablamos. De hecho, yo no me di cuenta de que realmente se moría hasta dos días antes de que sucediera. Sabía, de forma racional, que se estaba muriendo, los médicos hablaban conmigo e intentaban quitarme cualquier esperanza que pudiera tener para que no me hiciera falsas ilusiones, pero no “quise” darme cuenta de lo que significaba, no “quise” comprender qué estaba sucediendo hasta que fue muy tarde. Y entonces pasó. Y primero estuve como en una nube durante varios días, sin saber muy bien por dónde me daba el aire o qué tenía que hacer, más preocupada de cómo estaban otras personas que de cómo estaba yo. Después vino una temporada en que pensaba que iba a entrar en casa en cualquier momento, iba a dejar su cartera en la esquina del mueble de la sala y se iba a agachar a darme un beso y preguntarme qué tal el día. Pero eso nunca ocurrió. Y nunca ocurriría. Y entonces la realidad se me vino encima, y todo se volvió gris, y me cuesta respirar al pensar en todo aquello.

La vida nos obliga a continuar. Nos obliga y nos resignamos a ello. Y seguimos andando, aunque nos falta un pedazo de alma, un pedazo de corazón que se fue y no va a volver. Y para que sigamos la vida nos trae otras cosas y a otras personas que pueden hacernos felices de nuevo. Aunque la felicidad nunca será completa, porque todos los días de nuestra vida pensaremos en quien nos falta. Porque Sakutarô jamás volverá a sentirse pleno sin Aki. Y yo tampoco sin aita a mi lado.

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